La Argentina daba otro paso en firme en Rusia. Tras el triunfo ante los locales por 1-0, el sábado pasado en Moscú, la victoria parcial por 2-0 frente a Nigeria, en Krasnodar, daba la tranquilidad lógica que da esa ventaja. Era cerrar la gira por la tierra del próximo Mundial con un balance positivo. Pero todo se desmoronó en nueve minutos: los africanos descontaron en el cierre del primer tiempo, dieron vuelta el marcador en los primeros minutos de la segunda mitad y después sentenció la goleada. Sin Lionel Messi, la selección se llevó un derrota por 4-2 y malas noticias desde lo futbolístico.
Con el resultado en contra, Sampaoli empezó a cambiar para ver cómo equilibrar el mediocampo y controlar a Nigeria. Hizo seis cambios, pero ni así pudo volver a encontrar los espacios a partir del pase, como sí sucedió en el primer tiempo. El equipo perdió fisonomía, perdió figura. Los cambios expusieron a algunos jugadores, pero lo más grave ya había pasado: el equipo se había desarticulado cuando Nigeria intentó dañar. Y dañó.
La primera derrota de la era Sampaoli llegó en un contexto particular del que tendrá que sacar conclusiones, y que tiene que servir de aprendizaje.